Aquí en Kakanui, las aves y los patos chapotean en el río con una frescura particular. Es “su río”, pero lo comparten.
Las gaviotas que rozan las salvajes olas del Pacífico
planean las olas mientras gozan del atardecer.
El océano aquí es salvaje como la selva, nadie cuestiona su
poder y todos respetan su grandeza.
Tiene una violencia particular, es la violencia del sobrevivir que nada
tiene que ver con la violencia humana del deseo de destruir.
A lo lejos yace callada la blancura de la nieve montañosa y muy cerca de mi las tranquilas ovejas pastean los prados.
La cultura maorí vivía en profunda armonía con la naturaleza y cada planta o árbol neozelandés tenía un simbolismo especial.
Este lugar está rodeado del harakeke, una planta salvaje con
hojas largas y puntiagudas que representan el ciclo de la vida. Las más
pequeñas al interior son los recién nacidos protegidas por las hojas del medio que representan a los padres. Las de fuera
son los ancianos del pueblo, los más recios para resistir los vientos de la
vida pues aprendieron a enfrentarlos.

Aquí el sol levanta desde el mar y se oculta en las montañas. Siempre vi el atardecer en Lima que te llamaba a concluir el día donde el sol se ocultaba en el océano. Aquí los rayos intensos de la mañana caen sobre el mar produciendo un reflejo intenso que despierta con su alegría.
Entiendo a los maoríes, los ancestros que habitaron estas tierras. Siento a los maoríes. La naturaleza
era para ellos un espacio sagrado. Los imagino rezando, haciendo sus ritos y
contemplando lo creado.
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