Me da vida mi casa.
La siento como un lugar seguro, tranquilo, un espacio que me regala paz.
Poco a poco la hemos ido haciendo nuestra con Steve:cuadros, pequeños detalles, plantas, árboles, frutos.
Cada cosa guarda una historia,
un lugar que visitamos,
un momento en el que decidimos traer un pedacito de vida con nosotros.
También me da vida lo simple:
limpiar, ordenar, cuidar los espacios.
Hay algo en la armonía que me aquieta por dentro,
como si al poner en su lugar las cosas,
algo en mí también encontrara su lugar.
Me gusta cocinar rico,
preparar algo con cariño,
sabiendo que ese gesto también es una forma de amar.
Y Steve lo sabe.
Y me ayuda: cocina conmigo, cuida el jardín.
No como una obligación,
sino como quien entiende que ahí hay algo importante para mí,
algo que me hace bien.
A veces, la vida es simplemente esto:
estar sentada junto a mi marido,
abrazados, viendo una serie sin prisa,
dejando que el tiempo pase suave.
En esos momentos, siento que toco algo de eterno.
Nuestro gatito duerme a nuestro lado, tranquilo,
como si también supiera que aquí está a salvo,
que es amado, cuidado, protegido.
Somos una pequeña familia de tres.
Y en esa pequeñez hay algo inmenso:
si uno está triste, el otro lo sostiene,
y si todos estamos tristes, al menos estamos juntos.
Y a veces, eso basta.
Más que basta.